Las fechas patrias y los feriados funcionan como mojones en la memoria: marcan -principalmente en la currícula escolar- un momento destinado a la reflexión (aunque en general los usemos para dormir, para comer asados o para viajar). El problema es que muchas veces los hechos que nos refieren o los valores de los personajes históricos que nos traen desde el fondo del tiempo lucen desconectados de una cotidianidad por momentos abrumadora. Es posible que con José de San Martín ocurra lo contrario. Veamos por qué.

El lunes vamos a recordar la muerte del individuo que ocupa -junto con Manuel Belgrano, claro- el sitial máximo en el Olimpo de los próceres argentinos. Pero aquí no vamos a detenernos en el cruce de los Andes, en las batallas o en las estrategias político-militares que habitualmente nos recuerdan los manuales escolares cuando se acerca el 17 de agosto, sino en un aspecto que puede ser novedoso (especialmente para conversar con nuestros hijos): analizaremos tres cualidades insoslayables del Libertador que nos ayudarán a unir pasado y presente, y a darle un nuevo sentido a la fecha.

1- La austeridad

A no equivocarse: ser austero no significa ser tacaño, avaro o egoísta. Todo lo contrario. La austeridad define a las personas que aún teniendo todo deciden renunciar a la ostentación, a los excesos y al despilfarro. Una persona puede ser austera en su comportamiento personal, en el manejo de sus recursos económicos o en ambos casos. Algunas de sus características son la sencillez en los modos y en el vestir (lo cual no anula la elegancia), el trato llano, la frugalidad y la ausencia de vanidad. En definitiva, es buena parte de lo que constituye el famoso “don de gentes”. Sobran los testimonios históricos que dan fe de que José de San Martín lucía todas estas virtudes que hoy parecen reliquias de museo.

EN LA CASA ROSADA. Tapiz donado por Francia a la Argentina en 1916, con motivo del Centenario de la Independencia; es un homenaje al General José San Martín ARCHIVO

En el presente atravesado por las redes sociales, la apariencia digital parece ser la vara que separa a quienes se encuentran del lado luminoso de la vida de aquellos que la transitan por las sombras. En sentido figurado, obviamente. La existencia de una persona puede ser un desastre en todos los aspectos, pero eso, aparentemente, no le importa a nadie (empezando por el o por la mismísima protagonista). Lo relevante termina siendo la fantasía que se logra reflejar en Instagram y en TikTok: viajes, amigos, consumos, salidas, bienes y un largo etcétera de naderías, que muchas veces son financiadas de modos tenebrosos, pero ese es tema para otra columna.

Si bien estamos haciendo una generalización y seguramente hay personas que celebran la vida de otras maneras, es difícil sustraerse de esa dinámica, porque en un mundo en el que lucen más importantes las reacciones que pueda generar una historia de Instagram que un título de grado o de posgrado, la capacidad para ostentar lo que sea termina siendo la medida del éxito o de la felicidad -aparente, claro. Ser austero implica justamente lo contrario. Pero para poder contagiar esta cualidad en nuestros hijos, tenemos que empezar por practicarla nosotros. Tal vez el ejemplo de nuestros abuelos nos sirva como inspiración.

2- El silencio

Son numerosos los relatos que pintan a San Martín como un hombre reservado, parco. Pero si viviera, seguramente sería un individuo aturdido. Porque hoy lo que abunda son las palabras, los gritos, el barullo y la confusión permanente.

Aquí es donde las grandes tecnológicas -apalancadas por la fuerza aún inconmensurable de la IA- adquieren un rol central en medio de una sociedad global atribulada. Sucede que al poder real lo ejercen aquellos que han desarrollado la capacidad de procesar la sobreabundancia de datos y de conocimientos, y utilizarlos del modo más eficiente (y acorde con sus intereses políticos y con los de sus inversores). Por eso, el hecho de que haya acceso ilimitado a la información no siempre nos acerca a la verdad. Al contrario: el hombre es más vulnerable hoy a la manipulación que en cualquier otro momento de la historia. Ejemplos sobran.

BUSTO DEL LIBERTADOR. La figura se encuentra en la Casa Rosada, en Buenos Aires. ARCHIVO

A eso se suma que vivimos en una especie de compulsión permanente por la agresividad, por la descalificación y por los insultos (amplificados por la caja de resonancia infinita de las redes). Es el modelo que transmiten los poderosos: Donald Trump y Javier Milei, por ejemplo. De ahí para abajo se puede esperar cualquier cosa.

3- El compromiso

José de San Martín fue un hombre brillante: tuvo la capacidad de desarrollar grandes planes que luego llevó adelante de una manera precisa y meticulosa. Actuó así en el ámbito castrense, en la política (fundamentalmente como miembro de la masonería, que operaba como el poder detrás del poder) y luego como estratega de la gran campaña libertadora. Pero nada de eso hubiera sido posible si no hubiese practicado un gran compromiso con sus ideas. Porque las hazañas que hoy recordamos no se lograron de un día para el otro. Hizo falta tiempo, determinación, capacidad de persuasión, resistencia a la frustración, una gran habilidad para gestionar las emociones, paciencia -mucha paciencia- y un apego inalterable a la palabra empeñada.

Nada de esto o muy poco aparece entre las deslucidas virtudes de muchos de nuestros dirigentes. El mejor ejemplo es el peronismo, que ha nacido del fascismo, ha abrazado las ideas violentas y empobrecedoras de la izquierda a la que también (y casi al mismo tiempo) ha perseguido a sangre y fuego, ha militado el liberalismo y ha defendido la causa de los derechos humanos mientras se mezclaba con múltiples casos de corrupción voraz. En medio de esta ensalada ideológica aparece una sola constante: bajo el paraguas justicialista lo único que hemos logrado los argentinos es empobrecernos irremediablemente. No lo decimos nosotros, lo dice la historia: el PBI per cápita en Argentina ha venido cayendo de modo casi constante aproximadamente desde mediados del siglo pasado hasta la actualidad. Y en este marco, Tucumán opera como un botón de muestra: muchos apellidos que hoy orbitan el poder provincial son los mismos que suenan desde hace décadas, porque han sabido adaptarse a todas las correrías que enumeramos más arriba (mientras la provincia se caía a pedazos).

Ojo: no son los únicos. El radicalismo (nacional, provincial y universitario) ha mostrado un zigzagueo similar que lo ha hundido en la irrelevancia a fuerza de fracasos. El único compromiso que parecen ejercer los correligionarios es una incomparable vocación por el internismo. A partir de ahí, todos (peronistas, kirchneristas, radicales, ex radicales, macristas, ex macristas, neo-libertarios, ex libertarios y un largo etcétera) son rápidos para acomodarse a la dirección en la que corren los vientos cálidos de la autoridad de turno. Aunque eso implique mentirle al electorado, romper acuerdos o inclusive, suscribir alianzas inverosímiles. En términos actuales, son los migajeros del poder.  Así estamos…